Los recuerdos de su infancia la hacían sonrojar de vergüenza. Todas las cosas que de niña pasaban por su no tan inofensiva imaginación la hacían sentir diferente. A veces no podía entender, como dos personas en pleno uso de sus facultades mentales podían intercambiar babas, boca a boca, lengua a lengua; cuando ni el olor de su propia saliva, la que dejaba secar en sus labios luego de humedecerlos podía soportar; y en otras, no resistía la tentación, luego de un caluroso partido en los campeonatos de su escuela, de oler las axilas de los jugadores de fútbol diez años mayor que ella.
Su imaginación iba más allá de los límites inexpertos de las mentes de los demás niños de su edad. Su libido, recuerda, mas despierta que su propio interés por aprender de los sucesos cotidianos de un infante promedio.
En los días de escuela recuerda los momentos en los que sin poder controlar las ganas, cruzaba las piernas, y con movimientos laterales meneaba los muslos hasta que el roce de sus dos extremidades inferiores sensibilizaban su pubis y le provocaran lo que ella en ese tiempo llamaba “cosquillitas de abajo”.
Las luces centelleantes de los relámpagos, y los estrepitosos ruidos que los seguían, servían en las noches obscuras y frías de lluvia, para ocultar los gemidos que con los cinco falanges y ocho nudillos de los dedos de sus manos, utilizaba como herramienta para autorreconocerse; para ubicar en su cuerpo lo que en su pubertad llamarían punto G.
A pesar de todo, no lograba ubicar en su memoria el momento exacto en el que su vida tomó el rumbo que había tomado. Se miraba en el espejo con el rostro coloreteado, con las uñas largas pintadas de colores extravagantes, vestidos resplandecientes por lentejuelas ya opacas por el sobre uso, cabellera poblada por rubias extensiones y una terrible adicción a la cocaína.
Ya no se preocupaba por cuanto engordaba o enflaquecía, por cuanto lipstick usar en los labios, o por la pestañina corrida. Tenia claro que entre más usara seria mejor, acorde a lo que su estilo de vida de noches frías en las calles, exigía y permitía.
Sentada en el borde de una cama en la que nunca ha dormido, con un sujeto flatulento y gordo, respirando wisky barato y cigarrillo sin filtro, durmiendo como una morsa, acaba de estrangular las pocas ganas que una mujer como ella, puede esperar del sexo al que suelen vociferar como placentero.
Es en ese instante en el que recuerda la primera y única vez que sintió placer en una penetración; en el que el dolor de un pene en su vagina y la eyaculación dentro de su ser representó algo diferente al asco; la única vez que sintió hacer el amor. El amor muerto, muerto y sepultado tres metros bajo tierra... El del padre de su hijo, al que su propio padre mató.
Acostada en su cama, con trece primaveras de edad, una bata azul que llegaba a las rodillas y su mano derecha rozando los pezones de sus teticas en desarrollo, recuerda entrar en su habitación al sujeto que hizo sentir en sus adentros el clímax del que las películas para adultos de su padre tanto se referían. Sabia que lo que hacia no estaba bien, pero… ¿porque resistirse cuando existe la oportunidad del placer?, ¿porque negarse a la posibilidad de engordar las historias de las experiencias vividas?, ¿porque privarse de sentir lo que se ve con cotidianidad?,¿ por que prohibirse a la posibilidad de probar lo prohibido?, ¿Por qué y mil veces por qué?
- ¿Que hubo de malo con que culiara con mi hermano…? Si todo quedó en familia.
Su imaginación iba más allá de los límites inexpertos de las mentes de los demás niños de su edad. Su libido, recuerda, mas despierta que su propio interés por aprender de los sucesos cotidianos de un infante promedio.
En los días de escuela recuerda los momentos en los que sin poder controlar las ganas, cruzaba las piernas, y con movimientos laterales meneaba los muslos hasta que el roce de sus dos extremidades inferiores sensibilizaban su pubis y le provocaran lo que ella en ese tiempo llamaba “cosquillitas de abajo”.
Las luces centelleantes de los relámpagos, y los estrepitosos ruidos que los seguían, servían en las noches obscuras y frías de lluvia, para ocultar los gemidos que con los cinco falanges y ocho nudillos de los dedos de sus manos, utilizaba como herramienta para autorreconocerse; para ubicar en su cuerpo lo que en su pubertad llamarían punto G.
A pesar de todo, no lograba ubicar en su memoria el momento exacto en el que su vida tomó el rumbo que había tomado. Se miraba en el espejo con el rostro coloreteado, con las uñas largas pintadas de colores extravagantes, vestidos resplandecientes por lentejuelas ya opacas por el sobre uso, cabellera poblada por rubias extensiones y una terrible adicción a la cocaína.
Ya no se preocupaba por cuanto engordaba o enflaquecía, por cuanto lipstick usar en los labios, o por la pestañina corrida. Tenia claro que entre más usara seria mejor, acorde a lo que su estilo de vida de noches frías en las calles, exigía y permitía.
Sentada en el borde de una cama en la que nunca ha dormido, con un sujeto flatulento y gordo, respirando wisky barato y cigarrillo sin filtro, durmiendo como una morsa, acaba de estrangular las pocas ganas que una mujer como ella, puede esperar del sexo al que suelen vociferar como placentero.
Es en ese instante en el que recuerda la primera y única vez que sintió placer en una penetración; en el que el dolor de un pene en su vagina y la eyaculación dentro de su ser representó algo diferente al asco; la única vez que sintió hacer el amor. El amor muerto, muerto y sepultado tres metros bajo tierra... El del padre de su hijo, al que su propio padre mató.
Acostada en su cama, con trece primaveras de edad, una bata azul que llegaba a las rodillas y su mano derecha rozando los pezones de sus teticas en desarrollo, recuerda entrar en su habitación al sujeto que hizo sentir en sus adentros el clímax del que las películas para adultos de su padre tanto se referían. Sabia que lo que hacia no estaba bien, pero… ¿porque resistirse cuando existe la oportunidad del placer?, ¿porque negarse a la posibilidad de engordar las historias de las experiencias vividas?, ¿porque privarse de sentir lo que se ve con cotidianidad?,¿ por que prohibirse a la posibilidad de probar lo prohibido?, ¿Por qué y mil veces por qué?
- ¿Que hubo de malo con que culiara con mi hermano…? Si todo quedó en familia.