Caminando con la superstición en el hombro, le pareció estar dando vueltas entre calles que había visto en alguno de sus dejavús. Notaba algo extraño en su andar, sabia que algo era distinto en él. Se da cuenta que entre paso y paso su subconsciente le susurra algo al oído…
- números-.
Nunca había pasado; definitivamente entre su mente y su espíritu se estaba produciendo algo que su cuerpo no conocía.
Ensimismado y pensando en los números de su subconsciente, nota que mientras cuenta, salta las líneas negras de brea que forman los cuadros divisorios de las calles segundarias de la ciudad, -no he tocado ninguna, no he perdido- dijo, mientras seguía dando vueltas por las calles de la carrera 82 del barrio Simón Bolívar.
-me duele el pecho- piensa, mientras pasa su mano derecha sobre el tórax sin detener la mirada en ello. Observa en profundidad a lo lejos lo que está exactamente a su frente; es su casa, decide no llegar. Sigue caminando y saltando las líneas de brea pero esta vez en zigzag sin reflexionarlo mucho.
-451, 452, 453- La calle llena de gente sólo le advierte que en el barrio esta ocurriendo una de las riñas habituales, por lo que no detiene su conteo, -454, 455, 456-. Ve pasar a su lado a Esther, su vecina, quien parece muy intrigada por lo que ocurría en la “riña”. Ésta lo ignora. –ESTHER- , la llama; pero no obtiene respuesta alguna de la intrigada joven, mientras un fuerte dolor le llega repentinamente a la cabeza.
Siente que el juego se ha tornado aburrido y el conteo llega finalmente hasta 777. -¿y si retrocedo?-. Empieza entonces un conteo regresivo, esta vez totalmente conciente de lo que hacia y mirando detenidamente lo que a su alrededor ocurría. Nota que cada vez se aleja más de su casa, y que algunos de los gritos que había escuchado entre la multitud, se hacían cada vez más agudos y cercanos. La cefalea aumentó.
Sintiéndose ahora realmente turbado y con las manos entumecidas por un repentino frío, sigue con el conteo regresivo -98, 97, 96-. El dolor en el pecho mengua.
Escucha los gritos muy cercamos a él, por lo que decide voltear; son gritos de mujer, es su mamá.
Observa que ella se dirige directamente hacia él caminando rápidamente, pasando a su lado y restando al mínimo la importancia de su presencia. Confundido y decepcionado intenta llamarla, a lo que recibe como respuesta una mirada. Pero sólo eso, una mirada. La mujer voltea, pero continúa caminando y gritando escoltada por el hermano e intentando llegar lo más pronto posible a la “riña”.
Continua con el conteo y finalmente después de unos segundos advierte que no siente dolor alguno, pero sus manos continúan frías, -10, 9, 8- decide seguir caminando en dirección a su madre y su hermano. Llega hasta la muchedumbre y observa a su madre apartando cuerpos para poder llegar al centro de la “riña”.
La sigue sin mucho esfuerzo y la observa a la cara, mientras ella mira hacia abajo sin llorar y con semblante totalmente transfigurado -3, 2, 1-.
La observa mirando su cuerpo tendido en el piso. Se observa a si mismo tendido en el piso.
Observan ambos su cuerpo muerto,
Nunca había pasado; definitivamente entre su mente y su espíritu se estaba produciendo algo que su cuerpo no conocía.
Ensimismado y pensando en los números de su subconsciente, nota que mientras cuenta, salta las líneas negras de brea que forman los cuadros divisorios de las calles segundarias de la ciudad, -no he tocado ninguna, no he perdido- dijo, mientras seguía dando vueltas por las calles de la carrera 82 del barrio Simón Bolívar.
-me duele el pecho- piensa, mientras pasa su mano derecha sobre el tórax sin detener la mirada en ello. Observa en profundidad a lo lejos lo que está exactamente a su frente; es su casa, decide no llegar. Sigue caminando y saltando las líneas de brea pero esta vez en zigzag sin reflexionarlo mucho.
-451, 452, 453- La calle llena de gente sólo le advierte que en el barrio esta ocurriendo una de las riñas habituales, por lo que no detiene su conteo, -454, 455, 456-. Ve pasar a su lado a Esther, su vecina, quien parece muy intrigada por lo que ocurría en la “riña”. Ésta lo ignora. –ESTHER- , la llama; pero no obtiene respuesta alguna de la intrigada joven, mientras un fuerte dolor le llega repentinamente a la cabeza.
Siente que el juego se ha tornado aburrido y el conteo llega finalmente hasta 777. -¿y si retrocedo?-. Empieza entonces un conteo regresivo, esta vez totalmente conciente de lo que hacia y mirando detenidamente lo que a su alrededor ocurría. Nota que cada vez se aleja más de su casa, y que algunos de los gritos que había escuchado entre la multitud, se hacían cada vez más agudos y cercanos. La cefalea aumentó.
Sintiéndose ahora realmente turbado y con las manos entumecidas por un repentino frío, sigue con el conteo regresivo -98, 97, 96-. El dolor en el pecho mengua.
Escucha los gritos muy cercamos a él, por lo que decide voltear; son gritos de mujer, es su mamá.
Observa que ella se dirige directamente hacia él caminando rápidamente, pasando a su lado y restando al mínimo la importancia de su presencia. Confundido y decepcionado intenta llamarla, a lo que recibe como respuesta una mirada. Pero sólo eso, una mirada. La mujer voltea, pero continúa caminando y gritando escoltada por el hermano e intentando llegar lo más pronto posible a la “riña”.
Continua con el conteo y finalmente después de unos segundos advierte que no siente dolor alguno, pero sus manos continúan frías, -10, 9, 8- decide seguir caminando en dirección a su madre y su hermano. Llega hasta la muchedumbre y observa a su madre apartando cuerpos para poder llegar al centro de la “riña”.
La sigue sin mucho esfuerzo y la observa a la cara, mientras ella mira hacia abajo sin llorar y con semblante totalmente transfigurado -3, 2, 1-.
La observa mirando su cuerpo tendido en el piso. Se observa a si mismo tendido en el piso.
Observan ambos su cuerpo muerto,
-Estoy muerto-.
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