viernes, 19 de diciembre de 2008

CEPIA Y BARNIZ

-Llevo viviendo en este maldito pueblo desde la década de los 50s; no tuve esposa ni hijos. Solo mis textos y la mano derecha con la que estimulo a medias un órgano ya flácido y desganado ubicado en mi entrepierna, han sido la compañía en todos estos años de soledad y calenturas con las que a cada noche suelo acostarme.
Algunos me llaman el escritor del pueblo… pobres insolentes, mentecatos de poca materia gris. Soy toda la academia que tiene este caserío lleno de bestias que solo saben arrear la tierra y eyacular dentro de las vaginas de sus mujeres, que mas bien como perras solo saben parir y calentarse de tanto en tanto… cada noche. Malditas perras.
La otra tarde me dirigí hacia el lugar al que todos llaman “La Pradera”. La cantina hedionda y de mala muerte donde en un principio, antes de convertirme en el misógino que ahora soy, calmaba mis ganas de vaciar mis testículos en algún orificio fermentado dotado de clítoris y de jugos lubricantes.
Estando allí, sentado y mirando de una esquina a la otra, noto la llegada de un personaje que de inmediato llamó mi atención. Un joven que no sobrepasaba los 19 años; de cabellos cortos en estilo militar, piernas gruesas, bíceps anchos, y voz de galancete rural.
Quiero aclarar y dejar de antemano saldado en sus mentes, que no pertenezco al grupo de sujetos a los que les gusta revolcarse con los de su mismo género. No soy un gilipollas; sólo intento hacer mención de unos sucesos que desde esa noche de visita en “La Pradera” comenzaron a ocurrir en mi vida.
Observé de reojo cómo este joven, -al que luego me enteré se llamaba León- estando sentado en una de las esquinas del lugar, introducía con hosquedad sus dedos índice y anular en la vagina de una joven campesina.
El suceso no fue estimulante solo para mí, si noté que muchos de los presentes en el lugar distraían sus conversaciones para echar un vistazo a la morbosa escena. La joven campesina, a la cual él le introducía hasta el último de sus nudillos, realizaba movimientos ascendentes, cada cuanto los dedos del corpulento y exagerado galán maltrataba algún órgano en su interior.
Recuerdo ser el único que después de varios minutos de voyerismo sádico, continuó sin disimular viendo la lujuriosa escena, noté que el joven se percató del hecho, y que sin disgusto alguno, continuó introduciendo, sacando y escupiendo la vagina de la chica para así lograr penetrar con más facilidad dentro de su vientre; y acto seguido, puso las rodillas en el suelo, separó las húmedas piernas de la joven y encajó su cabeza entre ellas.
Debo admitirlo, después de tantas noches imaginándome escenas eróticas para poder masturbarme con pericia, ver una de ellas en vivo y en directo, desprendió en mi interior lo que ya había aprendido a desprender manualmente. No recordaba ya como se sentía eyacular con espontaneidad; ya ni en los sueños lograba alcanzar tal clímax erótico- sexual.
Luego de tal experiencia, y con una cara que poco disimulaba la incomodidad, giré la cabeza, introduje una mano por la pretina e intenté secar la humedad que el placer y la lascivia habían dejado dentro de mis pantalones.
No estoy seguro de lo que sucedió entre esos dos, pero solo tengo claro, que tres o cuatro minutos después de lo sucedido en mis pantalones, la joven con gemidos de placer, parecía querer avisar al ensimismado joven, que lo que buscaba mientras lamía el clítoris erecto de su excitada vagina, lo había encontrado. Creo… eyaculó.
Salí sin voltear a ningún lado, sólo estando totalmente fuera de esa cueva de perdición, recapacito y retrocedo mentalmente a la escena que hace pocos instantes ocurrió, y siendo muy sincero conmigo mismo y con ustedes, debo reconocer que me regocijé como nunca antes había disfrutado evento parecido, pese al contratiempo que continuaba chorreando por mis piernas.
Varias semanas después, disponiéndome a barnizar los muebles de mi escritorio, regresaron nuevamente a mi cabeza las imágenes del suceso ocurrido en “La Pradera”. Me sentí confundido, tenia claro cuanto lo había disfrutado, e imaginarme repetir el suceso hacía que me temblaran las piernas; quería algo más, pasar los limites a los que ya me había acostumbrado, quería ser parte viva de la escena. Pero el imaginarme débil y desviado ante la pose varonil y adónica de León, hacia que me autoreprendiera y retrocediera ante tal posibilidad.
Poco a poco fui envolviéndome en un océano de divagaciones que no descartaban la posibilidad de otro encuentro “espontáneo o no” entre mi achacoso, rucio y envejecido cuerpo, y la rudeza, masculinidad y tosquedad de León. No era capaz mi mente a pesar de todo, imaginar un romance sodomita entre el corpulento joven y yo; sabia que toda una vida conociéndome como varón tenían que servir de contra peso ante tan irracional posibilidad.
Varios días después de esclarecer a la fuerza mi mente, decidí salir en busca de lo que cada noche después del incidente, anhelaba sucediera; encontrarme con León y observar su virilidad manifiesta en la provocación más infame de la seducción erótica, de ver reflejado en el joven la espontaneidad que naturalmente me fue negada. No estaba enamorado de él… anhelaba su lascivia.
Luego de buscar y buscar el momento del encuentro con el exuberante joven, y de no haber tenido éxito, ni siquiera cercanamente; tal y como lo supuso mi académica y experimentada clarividencia, sucedieron las cosas de la manera más espontánea e inesperada. León estaba allí parado, frente a mi; mirando de reojo, con la expresión típica de los desinteresados por la vida, con la imagen en el rostro de la vida que tanto yo envidié.
Estando allí sentía correr el sudor bajo de mis axilas, sabia que el sospechaba mi comportamiento, tenia entendido en mi mente que utilizaría su magna imagen para hacerme más vulnerable… lo predije… y se cumplió.
Mientras escribo esta carta, abandono en cada letra transcrita forzosamente con el propósito de hacerme entender, mis sentimientos y mis posesiones materiales e inmateriales.
Acabo de voltear hacia mis espaldas y vi entrar a León con su nueva conquista a la casa que con ingenuidad casi infantil le regalé después de seis meses de encuentros nocturnos, humillaciones descaradas, sexo placentero de poca gana y una desvaloración total de mis sentimientos ahora transfigurados. Lo vi entrando a su ahora nueva morada, con una de esas zarrapastrosas y mal olientes campesinas; con el pantalón y el saco que le compré. Y bajo la suela de sus zapatos de cuero de novillo fino, la dignidad que arranco por pedazos pequeños de mi alma...




Maldigo una y mil veces mi pobre espíritu, maldigo mil veces más mis quebrantables determinaciones, maldigo que no pueda sostener lo que antes dije… maldigo tener que admitir...
... ser un gilipollas.


2 comentarios:

  1. cuidado que te pasa ati, esas tambien les pasa a los nacos-perifericos del mundo XD, y muy marikon el men este, pero nose cual de los 2 es mas.

    ResponderEliminar
  2. se nota que tiene tu toque personal. ja

    ResponderEliminar