viernes, 19 de diciembre de 2008

MARGARITA

Los recuerdos de su infancia la hacían sonrojar de vergüenza. Todas las cosas que de niña pasaban por su no tan inofensiva imaginación la hacían sentir diferente. A veces no podía entender, como dos personas en pleno uso de sus facultades mentales podían intercambiar babas, boca a boca, lengua a lengua; cuando ni el olor de su propia saliva, la que dejaba secar en sus labios luego de humedecerlos podía soportar; y en otras, no resistía la tentación, luego de un caluroso partido en los campeonatos de su escuela, de oler las axilas de los jugadores de fútbol diez años mayor que ella.
Su imaginación iba más allá de los límites inexpertos de las mentes de los demás niños de su edad. Su libido, recuerda, mas despierta que su propio interés por aprender de los sucesos cotidianos de un infante promedio.
En los días de escuela recuerda los momentos en los que sin poder controlar las ganas, cruzaba las piernas, y con movimientos laterales meneaba los muslos hasta que el roce de sus dos extremidades inferiores sensibilizaban su pubis y le provocaran lo que ella en ese tiempo llamaba “cosquillitas de abajo”.
Las luces centelleantes de los relámpagos, y los estrepitosos ruidos que los seguían, servían en las noches obscuras y frías de lluvia, para ocultar los gemidos que con los cinco falanges y ocho nudillos de los dedos de sus manos, utilizaba como herramienta para autorreconocerse; para ubicar en su cuerpo lo que en su pubertad llamarían punto G.
A pesar de todo, no lograba ubicar en su memoria el momento exacto en el que su vida tomó el rumbo que había tomado. Se miraba en el espejo con el rostro coloreteado, con las uñas largas pintadas de colores extravagantes, vestidos resplandecientes por lentejuelas ya opacas por el sobre uso, cabellera poblada por rubias extensiones y una terrible adicción a la cocaína.
Ya no se preocupaba por cuanto engordaba o enflaquecía, por cuanto lipstick usar en los labios, o por la pestañina corrida. Tenia claro que entre más usara seria mejor, acorde a lo que su estilo de vida de noches frías en las calles, exigía y permitía.
Sentada en el borde de una cama en la que nunca ha dormido, con un sujeto flatulento y gordo, respirando wisky barato y cigarrillo sin filtro, durmiendo como una morsa, acaba de estrangular las pocas ganas que una mujer como ella, puede esperar del sexo al que suelen vociferar como placentero.
Es en ese instante en el que recuerda la primera y única vez que sintió placer en una penetración; en el que el dolor de un pene en su vagina y la eyaculación dentro de su ser representó algo diferente al asco; la única vez que sintió hacer el amor. El amor muerto, muerto y sepultado tres metros bajo tierra... El del padre de su hijo, al que su propio padre mató.
Acostada en su cama, con trece primaveras de edad, una bata azul que llegaba a las rodillas y su mano derecha rozando los pezones de sus teticas en desarrollo, recuerda entrar en su habitación al sujeto que hizo sentir en sus adentros el clímax del que las películas para adultos de su padre tanto se referían. Sabia que lo que hacia no estaba bien, pero… ¿porque resistirse cuando existe la oportunidad del placer?, ¿porque negarse a la posibilidad de engordar las historias de las experiencias vividas?, ¿porque privarse de sentir lo que se ve con cotidianidad?,¿ por que prohibirse a la posibilidad de probar lo prohibido?, ¿Por qué y mil veces por qué?




- ¿Que hubo de malo con que culiara con mi hermano…? Si todo quedó en familia.

Conteo

Caminando con la superstición en el hombro, le pareció estar dando vueltas entre calles que había visto en alguno de sus dejavús. Notaba algo extraño en su andar, sabia que algo era distinto en él. Se da cuenta que entre paso y paso su subconsciente le susurra algo al oído…
- números-.
Nunca había pasado; definitivamente entre su mente y su espíritu se estaba produciendo algo que su cuerpo no conocía.
Ensimismado y pensando en los números de su subconsciente, nota que mientras cuenta, salta las líneas negras de brea que forman los cuadros divisorios de las calles segundarias de la ciudad, -no he tocado ninguna, no he perdido- dijo, mientras seguía dando vueltas por las calles de la carrera 82 del barrio Simón Bolívar.
-me duele el pecho- piensa, mientras pasa su mano derecha sobre el tórax sin detener la mirada en ello. Observa en profundidad a lo lejos lo que está exactamente a su frente; es su casa, decide no llegar. Sigue caminando y saltando las líneas de brea pero esta vez en zigzag sin reflexionarlo mucho.
-451, 452, 453- La calle llena de gente sólo le advierte que en el barrio esta ocurriendo una de las riñas habituales, por lo que no detiene su conteo, -454, 455, 456-. Ve pasar a su lado a Esther, su vecina, quien parece muy intrigada por lo que ocurría en la “riña”. Ésta lo ignora. –ESTHER- , la llama; pero no obtiene respuesta alguna de la intrigada joven, mientras un fuerte dolor le llega repentinamente a la cabeza.
Siente que el juego se ha tornado aburrido y el conteo llega finalmente hasta 777. -¿y si retrocedo?-. Empieza entonces un conteo regresivo, esta vez totalmente conciente de lo que hacia y mirando detenidamente lo que a su alrededor ocurría. Nota que cada vez se aleja más de su casa, y que algunos de los gritos que había escuchado entre la multitud, se hacían cada vez más agudos y cercanos. La cefalea aumentó.
Sintiéndose ahora realmente turbado y con las manos entumecidas por un repentino frío, sigue con el conteo regresivo -98, 97, 96-. El dolor en el pecho mengua.
Escucha los gritos muy cercamos a él, por lo que decide voltear; son gritos de mujer, es su mamá.
Observa que ella se dirige directamente hacia él caminando rápidamente, pasando a su lado y restando al mínimo la importancia de su presencia. Confundido y decepcionado intenta llamarla, a lo que recibe como respuesta una mirada. Pero sólo eso, una mirada. La mujer voltea, pero continúa caminando y gritando escoltada por el hermano e intentando llegar lo más pronto posible a la “riña”.
Continua con el conteo y finalmente después de unos segundos advierte que no siente dolor alguno, pero sus manos continúan frías, -10, 9, 8- decide seguir caminando en dirección a su madre y su hermano. Llega hasta la muchedumbre y observa a su madre apartando cuerpos para poder llegar al centro de la “riña”.
La sigue sin mucho esfuerzo y la observa a la cara, mientras ella mira hacia abajo sin llorar y con semblante totalmente transfigurado -3, 2, 1-.
La observa mirando su cuerpo tendido en el piso. Se observa a si mismo tendido en el piso.
Observan ambos su cuerpo muerto,
-Estoy muerto-.

CEPIA Y BARNIZ

-Llevo viviendo en este maldito pueblo desde la década de los 50s; no tuve esposa ni hijos. Solo mis textos y la mano derecha con la que estimulo a medias un órgano ya flácido y desganado ubicado en mi entrepierna, han sido la compañía en todos estos años de soledad y calenturas con las que a cada noche suelo acostarme.
Algunos me llaman el escritor del pueblo… pobres insolentes, mentecatos de poca materia gris. Soy toda la academia que tiene este caserío lleno de bestias que solo saben arrear la tierra y eyacular dentro de las vaginas de sus mujeres, que mas bien como perras solo saben parir y calentarse de tanto en tanto… cada noche. Malditas perras.
La otra tarde me dirigí hacia el lugar al que todos llaman “La Pradera”. La cantina hedionda y de mala muerte donde en un principio, antes de convertirme en el misógino que ahora soy, calmaba mis ganas de vaciar mis testículos en algún orificio fermentado dotado de clítoris y de jugos lubricantes.
Estando allí, sentado y mirando de una esquina a la otra, noto la llegada de un personaje que de inmediato llamó mi atención. Un joven que no sobrepasaba los 19 años; de cabellos cortos en estilo militar, piernas gruesas, bíceps anchos, y voz de galancete rural.
Quiero aclarar y dejar de antemano saldado en sus mentes, que no pertenezco al grupo de sujetos a los que les gusta revolcarse con los de su mismo género. No soy un gilipollas; sólo intento hacer mención de unos sucesos que desde esa noche de visita en “La Pradera” comenzaron a ocurrir en mi vida.
Observé de reojo cómo este joven, -al que luego me enteré se llamaba León- estando sentado en una de las esquinas del lugar, introducía con hosquedad sus dedos índice y anular en la vagina de una joven campesina.
El suceso no fue estimulante solo para mí, si noté que muchos de los presentes en el lugar distraían sus conversaciones para echar un vistazo a la morbosa escena. La joven campesina, a la cual él le introducía hasta el último de sus nudillos, realizaba movimientos ascendentes, cada cuanto los dedos del corpulento y exagerado galán maltrataba algún órgano en su interior.
Recuerdo ser el único que después de varios minutos de voyerismo sádico, continuó sin disimular viendo la lujuriosa escena, noté que el joven se percató del hecho, y que sin disgusto alguno, continuó introduciendo, sacando y escupiendo la vagina de la chica para así lograr penetrar con más facilidad dentro de su vientre; y acto seguido, puso las rodillas en el suelo, separó las húmedas piernas de la joven y encajó su cabeza entre ellas.
Debo admitirlo, después de tantas noches imaginándome escenas eróticas para poder masturbarme con pericia, ver una de ellas en vivo y en directo, desprendió en mi interior lo que ya había aprendido a desprender manualmente. No recordaba ya como se sentía eyacular con espontaneidad; ya ni en los sueños lograba alcanzar tal clímax erótico- sexual.
Luego de tal experiencia, y con una cara que poco disimulaba la incomodidad, giré la cabeza, introduje una mano por la pretina e intenté secar la humedad que el placer y la lascivia habían dejado dentro de mis pantalones.
No estoy seguro de lo que sucedió entre esos dos, pero solo tengo claro, que tres o cuatro minutos después de lo sucedido en mis pantalones, la joven con gemidos de placer, parecía querer avisar al ensimismado joven, que lo que buscaba mientras lamía el clítoris erecto de su excitada vagina, lo había encontrado. Creo… eyaculó.
Salí sin voltear a ningún lado, sólo estando totalmente fuera de esa cueva de perdición, recapacito y retrocedo mentalmente a la escena que hace pocos instantes ocurrió, y siendo muy sincero conmigo mismo y con ustedes, debo reconocer que me regocijé como nunca antes había disfrutado evento parecido, pese al contratiempo que continuaba chorreando por mis piernas.
Varias semanas después, disponiéndome a barnizar los muebles de mi escritorio, regresaron nuevamente a mi cabeza las imágenes del suceso ocurrido en “La Pradera”. Me sentí confundido, tenia claro cuanto lo había disfrutado, e imaginarme repetir el suceso hacía que me temblaran las piernas; quería algo más, pasar los limites a los que ya me había acostumbrado, quería ser parte viva de la escena. Pero el imaginarme débil y desviado ante la pose varonil y adónica de León, hacia que me autoreprendiera y retrocediera ante tal posibilidad.
Poco a poco fui envolviéndome en un océano de divagaciones que no descartaban la posibilidad de otro encuentro “espontáneo o no” entre mi achacoso, rucio y envejecido cuerpo, y la rudeza, masculinidad y tosquedad de León. No era capaz mi mente a pesar de todo, imaginar un romance sodomita entre el corpulento joven y yo; sabia que toda una vida conociéndome como varón tenían que servir de contra peso ante tan irracional posibilidad.
Varios días después de esclarecer a la fuerza mi mente, decidí salir en busca de lo que cada noche después del incidente, anhelaba sucediera; encontrarme con León y observar su virilidad manifiesta en la provocación más infame de la seducción erótica, de ver reflejado en el joven la espontaneidad que naturalmente me fue negada. No estaba enamorado de él… anhelaba su lascivia.
Luego de buscar y buscar el momento del encuentro con el exuberante joven, y de no haber tenido éxito, ni siquiera cercanamente; tal y como lo supuso mi académica y experimentada clarividencia, sucedieron las cosas de la manera más espontánea e inesperada. León estaba allí parado, frente a mi; mirando de reojo, con la expresión típica de los desinteresados por la vida, con la imagen en el rostro de la vida que tanto yo envidié.
Estando allí sentía correr el sudor bajo de mis axilas, sabia que el sospechaba mi comportamiento, tenia entendido en mi mente que utilizaría su magna imagen para hacerme más vulnerable… lo predije… y se cumplió.
Mientras escribo esta carta, abandono en cada letra transcrita forzosamente con el propósito de hacerme entender, mis sentimientos y mis posesiones materiales e inmateriales.
Acabo de voltear hacia mis espaldas y vi entrar a León con su nueva conquista a la casa que con ingenuidad casi infantil le regalé después de seis meses de encuentros nocturnos, humillaciones descaradas, sexo placentero de poca gana y una desvaloración total de mis sentimientos ahora transfigurados. Lo vi entrando a su ahora nueva morada, con una de esas zarrapastrosas y mal olientes campesinas; con el pantalón y el saco que le compré. Y bajo la suela de sus zapatos de cuero de novillo fino, la dignidad que arranco por pedazos pequeños de mi alma...




Maldigo una y mil veces mi pobre espíritu, maldigo mil veces más mis quebrantables determinaciones, maldigo que no pueda sostener lo que antes dije… maldigo tener que admitir...
... ser un gilipollas.